Historia de la danza del Taquirari
La danza del Taquirari, de origen netamente indígena en el oriente boliviano, se caracteriza por sus saltos y su alegría. Esta danza se baila tanto en pareja como en grupo, y su expresión de felicidad se refleja en los movimientos. Según los archivos del folklore del MUSEF, el taquirari ha evolucionado y conquistado salones, tanto en términos de la música (dentro del mismo ritmo) como en su coreografía.

Inicialmente, los indígenas bailaban el taquirari en parejas sueltas, ondeando pañuelos en alto y en bajo, siguiendo movimientos cadenciosos y no rápidos (ni saltarines, como se ha hecho en las estilizaciones modernas). En ocasiones, los bailarines se tomaban de las manos y giraban, con la mujer moviéndose bajo el brazo de su pareja, mientras que otras veces se abrazaban y movían más rápido antes de separarse y volver a las formas anteriores, con el cuerpo erguido o agachado.
El Taquirari, una danza folklórica emblemática de la región oriental de Bolivia (Santa Cruz, Beni y Pando), se ejecuta tanto en parejas como en grupos, caracterizándose por su alegría, vitalidad y saltos, acompañados por las reconocidas bandas buri o, en algunas ocasiones, por guitarras y cajas. El Taquirari beniano tiene sus raíces en la antigua veneración de la flecha, conocida como takiríkire, siendo una especie de "danza a la flecha" mediante la cual los aborígenes expresaban su homenaje a esta arma crucial para su subsistencia diaria y defensa ante enemigos.

En los dialectos trinitarios y loretanos, la flecha adquiere los nombres de tajíjire y tajíkira, respectivamente. No obstante, la danza conserva únicamente el nombre de este antiguo culto a la flecha, fuertemente influenciada por los patrones musicales impuestos por la misión jesuítica. Otra teoría sobre el origen del Taquirari, propuesta por Molina Ruiz, sugiere que el nombre deriva de "tairarí", un término guaraní que significa "tararear o cantar una canción". Según esta perspectiva, la estructura rítmica del Taquirari se asemeja al Arete ava-guaraní, indicando un parentesco entre estas expresiones culturales.
A pesar de haber sido inicialmente mal visto en los salones de la "alta sociedad", al igual que la Cueca, el Taquirari logró imponerse como una expresión "revolucionaria", destacando por el enlazamiento de las parejas. En la actualidad, persiste como un ritmo ágil y popular en toda la región oriental boliviana, acompañando diversas danzas como las Moperitas y Toritos. Aunque tiene raíces rurales, el Taquirari ha evolucionado hacia una danza folklórica urbanizada, siendo un componente esencial en los ballets folklóricos del altiplano, representando la idiosincrasia oriental en los cuadros "cambas".
Sierra Ch. de Méndez describe el Taquirari como adquiriendo una "forma semejante al fox, haciendo fantasías de rondas, filas, vueltas y saltos". Es interesante destacar que el Taquirari más conocido, "Viva Santa Cruz", no es una creación cruceña, sino que fue compuesto por el orureño Gilberto Rojas Enríquez. A pesar de esto, poetas y compositores cruceños también han contribuido significativamente a este género desde 1924, creando temas en ritmo de Taquirari, como Raúl Otero Reiche, Hernando Sanabria Fernández, Susano Azogue, Nicolás Menacho, Godofredo Núñez y Percy Ávila.
La danza del Taquirari, arraigada profundamente en la cultura boliviana, es una de las pocas danzas que los peruanos no han podido apropiarse, y esto se debe a razones evidentes. El Taquirari, con su rica tradición y singularidad, se encuentra arraigado en la región oriental de Bolivia.
Vestimenta de la Danza del Taquirari
La vestimenta tradicional de las mujeres se distingue por el uso de un elegante vestido largo llamado tipoy, que se extiende desde los hombros hasta debajo de la rodilla. Estos tipoy, generalmente de un solo color, se adornan con líneas de colores que aportan un toque distintivo. Complementando su atuendo, las mujeres suelen lucir collares confeccionados con semillas alrededor del cuello, realzando su belleza de una manera única y auténtica.
En cuanto al peinado, las mujeres tienden a llevar su cabello peinado en dos trenzas, una expresión de la arraigada tradición cultural. Estas trenzas son a menudo complementadas con la delicadeza de una flor, colocada con gracia ya sea a la derecha o a la izquierda, añadiendo un toque de frescura y naturalidad al conjunto.

Por otro lado, la vestimenta masculina se compone de elementos que reflejan la identidad cultural de la región. Los hombres llevan un sombrero de paja, popularmente conocido como el sombrero de saó, que no solo brinda protección contra el sol, sino que también contribuye a la autenticidad del atuendo. Complementando la parte superior, los hombres visten una camisa y pantalones blancos, destacando la pureza y simplicidad de su vestimenta.

Algunos hombres optan por agregar un toque de color a su atuendo mediante el uso de una pañoleta, que puede ser de tono rojo u otro color llamativo. Esta adición no solo aporta variación cromática, sino que también permite expresar individualidad dentro de los límites de la vestimenta tradicional.
Música de la Danza del Taquirari
La evolución de la música del Taquirari ha experimentado transformaciones notables a lo largo del tiempo, manteniendo su distintivo ritmo pero adaptándose en cuanto a los instrumentos utilizados. En sus primeros días, el Taquirari resonaba al compás de instrumentos musicales introducidos por los jesuitas, como el violín, la guitarra y el violonchelo, entre otros. Sin embargo, la versión moderna de esta expresión musical se ha diversificado, incorporando instrumentos como el charango, el piano, el violín, el acordeón e incluso la zampoña, creando una amalgama de sonidos que caracteriza la riqueza y diversidad cultural del oriente boliviano.
A pesar de los cambios instrumentales, el Taquirari mantiene su esencia romántica y cautivadora, siendo considerada una manifestación artística que va más allá de la mera expresión sonora. Las letras de las canciones, que se asemejan a las composiciones poéticas, constituyen una parte esencial de esta música. Si bien el ritmo puede haber evolucionado, la lírica del Taquirari sigue narrando historias de amor y desamor, seducción y un profundo arraigo por la tierra oriental.
Dentro del abanico de artistas que han dejado una huella destacada en este género, figuran nombres notables como Gisela Santa Cruz, Gladys Moreno y Los Kjarkas, por mencionar solo algunos.
Danza del Taquirari (Coreografía)
La coreografía del Taquirari, aunque se caracteriza por su simplicidad, se transforma en una expresión rica y envolvente cuando los bailarines, tanto hombres como mujeres, se unen formando una vibrante rueda tomados de las manos. Los movimientos ascendentes y descendentes de los brazos se entrelazan con el paso básico, una secuencia de saltos alternos de los pies que, al ritmo contagioso de la música, crea una armonía visual y auditiva única. Este paso, lejos de ser solo técnica, se convierte en una suerte de diálogo rítmico que conecta a los participantes con la energía del Taquirari.
A medida que la danza se desarrolla, los bailarines tienen la libertad de explorar diversas formas y figuras, añadiendo un toque de creatividad a la presentación. La rueda puede metamorfosearse en la sinuosidad de una serpiente que se desliza con gracia, o en la rotación coordinada de ruedas y ganchos entre los participantes, generando una estampa visualmente cautivadora. En este entorno de expresión libre, es casi imposible encontrar a un bailarín con el rostro serio; la alegría, irradiada a través de sonrisas contagiosas, se convierte en un elemento esencial del Taquirari, transformando la danza en una celebración colectiva.

Más allá de la técnica y las formas, la autenticidad del Taquirari reside en la emoción palpable que los bailarines transmiten a través de sus sonrisas. La danza se convierte en una experiencia compartida donde la alegría se contagia de unos a otros, creando un ambiente festivo y cálido.

